11.11.08

Recuerdos de Carlos Fuentes: una confesión


El siguiente texto lo escribí para un suplemento que no ha visto la luz. No es un adelanto, porque en dicho suplemento querían otra cosa, así que este texto se fue a sus archivos. Se trata de una celebración, a mi manera, de Carlos Fuentes. Aprovechemos su cumpleaños para desprenderme de esto. [DM]

Recuerdos de Carlos Fuentes: una confesión
David Miklos

Para Raúl Cervantes, mi maestro de redacción

1. Hace no mucho, un par de años acaso, no más, vi a Carlos Fuentes por vez primera. Esto fue en Guadalajara, en el aeropuerto. Como es mi costumbre, había llegado con bastante tiempo de antelación y esperaba la llegada del avión que me llevaría de regreso a casa. Bebía un café, algún libro leería. De pronto, apareció el escritor. Caminaba, vigoroso, con unas zancadas que pronto dejaron atrás a su mujer. Ellos llegaban tarde, las puerta de su avión estaba a punto de cerrarse, si no se apuraban perderían el vuelo. Aunque el paso de Fuentes ante mí fue fugaz, pude contemplar su perfil aguileño, la mirada fija al frente, protegida bajo sus cejas en declarada avanzada. Apareció y desapareció Fuentes. Y no he vuelto a verlo desde entonces.

2. Sin embargo, mucho antes de que esta escena tuviera lugar, hace una década o poco más, Carlos Fuentes supo de mí y tengo constancia de ello. Mis padres asistieron a una obra de teatro. Creo que era una obra de Molière. Cuando ocuparon sus asientos, descubrieron que sus vecinos eran los dos titanes literarios del momento: Carlos Fuentes y José Saramago. Mis padres no dudaron en presentarse ante los escritores y menos aún en comunicarles que su hijo era un escritor en ciernes, que si, por favor, le dedicaban unas palabras en el programa de mano del espectáculo. Y así lo hicieron. Saramago, entusiasta, me animaba a escribir. Fuentes, parco y de pluma diplomática, me deseaba suerte en mi carrera. Nada más que eso. Sé que los autógrafos están por allí, dentro de una caja que no he desembalado tras mi última mudanza.

3. Pero antes de verlo, antes de que su autógrafo y sus buenos deseos llegaran a mí, antes de todo eso leí a Carlos Fuentes. Nos guste o no, hayamos cometido parricidio o no, sería altanero decir que, en su momento, cuando la leímos, Aura no fue una experiencia estética seminal. La segunda persona en la que está narrada la historia es un anzuelo de carnada atractiva para cualquier joven tentado por las letras. Sea o no una versión libre de The Aspern Papers de Henry James, la breve novela de Fuentes –recientemente vilipendiada y censurada por su incipiente erotismo– es un libro que abre puertas y una invitación tanto a imitarlo como a superarlo. Fantástico en su corte, el libro sirve de mancuerna a otra obra fundacional de nuestras letras más cercanas: Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco. Dato curioso, o quizá no tanto, ambas fueron publicadas por Era, y hoy han sido reimpresas varias decenas de veces. Yo, sí, leí Aura. Y, claro, quise escribir mi propia Aura: en una novela fallida, para siempre inédita, invité a un personaje a un espacio ajeno, en renta, concebido para él y para los derroteros de su fantasía. Pero no, no pude: fui incapaz de escribir mi propia Aura, por más veces que leí Aura e intenté desentrañar su éxito. Pero no fue Aura mi entrada a Fuentes.

4. De todo lo escrito por Carlos Fuentes, mi favorito es un cuento: “Un alma pura”, aparecido en Cantar de ciegos, libro publicado por la entonces fundamental Serie del Volador de Joaquín Mortiz. Pero antes de saber todo eso, antes de hacerme una copia del libro y leerlo una y otra vez, mi maestro de redacción del CCH en el que estudié nos leyó “Un alma pura”. Igual de fantasmagórico que Aura pero realista en su corte, el relato dejó una fuerte impresión en mí. Y, como sucede ante experiencias como esa, deseé haberlo escrito yo mismo. Y vaya que lo intenté. Vaya que lo he intentado. En “Un alma pura”, una hermana recuerda a su hermano, rememora la infancia compartida, la adolescencia, la partida de su evidente amor platónico al extranjero; a Suiza, para ser más precisos. Pasado un tiempo, pasado un silencio y luego otro –o por lo menos así lo evoco: no lo he releído, mi ejemplar de Cantar de ciegos está embalado en otra caja, una caja no reclamada tras embodegarla luego de mi propio viaje al extranjero; a Londres, para ser más preciso–, la hermana y sus palabras viajan al hermano luego de narrarlo. Una elegante vuelta de tuerca nos hace entender el motivo del cuento, la razón de su tono a la vez nostálgico y prospectivo: el hermano ha muerto y acompaña a la hermana de regreso a casa, su cuerpo contenido por un ataúd bajo su asiento, en la entraña del avión que sobrevuela el océano Atlántico.

5. Hoy, pasado el tiempo, puedo entenderlo. Puedo entenderlo todo. Si escribo, si decidí encarar, finalmente, la escritura, es porque alguna vez, allende 1986 u 87, mi maestro de redacción me abrió la puerta de “Un alma pura”, cuyo umbral he transpuesto en más de una ocasión. Me guste o no la figura literaria de Carlos Fuentes, celebre o no sus novelas de ambición total, me sume o no a la serie inagotable y creciente de parricidas que se reproducen como hongos en temporada de lluvias, hoy soy capaz de aceptar que la quintaesencia de la narrativa que me ocupa y que escribo encuentra su sino en “Un alma pura”. ¿Y acaso no basta eso, una obra que nos resulte perfecta, para celebrar la existencia y el peso específico de un escritor en nuestra lengua? Hoy, agradezco las palabras que Carlos Fuentes me hizo llegar a través de mis padres.

6. Yo, lo mismo que la protagonista de “Un alma pura”, viaje en pos de mi hermano al otro lado del Atlántico. Y me lo traje de vuelta, contenido por un ataúd. Hablo de un hermano metafórico, que no es otro sino mi döpelganger, mi hermano, mi odradek: aquella criatura que, como un íncubo, lastraba mi impulso de escritura. Liberado de su peso, lo convertí en cenizas y lo guardé en una urna, misma que le regalé a un transeúnte a la entrada de una estación de tren subterráneo. Pero esa es otra historia y aquí de lo que se trata es de celebrar los 80 años de Carlos Fuentes.

7. Allí va, de nuevo, Carlos Fuentes caminando a zancadas en un aeropuerto, la nariz aguileña y las cejas precediendo a su vigoroso cuerpo. Y aquí estoy yo, paciente en una sala de espera, con un ejemplar de Cantar de ciegos entre las manos, abierto allí donde da inicio, una y otra vez, “Un alma pura”, ignorante de la carga que me acompañará, en esta ocasión, dentro de la entraña del avión que me devolverá a casa.

8. Así Carlos Fuentes, así las cosas.

5 Comentarios:

Blogger Juan Carlos Toledo dijo...

Mi hermano, qué pluma la de Usted.

Soy tercermundista en letras, pero con amigos así espero no tardar en reponer mis años de atraso literario. Gracias por las casuales sugerencias que haces sobre el maestro Fuentes, las tomaré en urgente consideración.

Te cuento que días atrás estuvo el maestro Adolfo Castañón, en Coahuila, en el marco del Festival Artístico 2008, y precisamente habló sobre Fuentes.

Acompañé al maestro Castañón a Torreón y Monclova, además de la obligada capital. la conferencia fue titulada “Edades narrativas de Carlos Fuentes”, y luego te sigo contando porque el director del Museo Nacional de Antropología e Historia me está esperando, estamos en Torreón .

12:13 p. m.  
Anonymous maritza dijo...

todo bien, excelente, menos el 8

4:34 p. m.  
Blogger Cephalic chaos dijo...

Sabes captar la atención para seguir leyendo. Eso me gusto mucho. No se tanto de fuentes. Ya verás luego porqué. Saludos

6:10 p. m.  
Blogger Revista Shandy dijo...

Yo siempre le he tenido mucho miedo a Fuentes. Pienso que pronto se lanzará para candidato del país. Tengo miedo de esta cosa de hundir más el espejo en la tierra. Y también tengo miedo de que se corte el bigote. Me asusta tanto imaginarlo sin mostacho. Ay no.

franco

6:28 p. m.  
Blogger Francisco X. Estrella dijo...

Leo (y presiento) que más de uno ha empezado su escritura a partir de Carlos Fuentes: lo mío fue con Cambio de piel; después vino el resto. Eso sí: de Los años con Laura Díaz no pasé.

1:07 p. m.  

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